Son las 7 de la mañana y suena el despertador, el digital. Si todo va bien (consigo despegarme de las sabanas de mi cama), me levanto dispuesta a ducharme y arreglarme para poder estar lista y así ocuparme de los niños antes de salir al trabajo.
Si por el contrario, son nuestros despertadores particulares los que nos despiertan, o el cansancio puede conmigo y no consigo levantarme a tiempo; voy con la lengua fuera intercalando desayunos de unos y otros, uniformes, mochilas y ducha para poder estar todos listos antes de salir de casa.

El momento salida de casa es la mayoría de las veces súper estresante. Santi lucha porque no quiere ponerse el abrigo y tampoco quiere sentarse en el carro (tiene 18 meses, nada fuera de lo normal). Y Lucía según el día, parece que no le mola mucho el carro, por lo que a veces me bajo en el ascensor con banda sonora de llantos incluida, que dura hasta que arranco el coche, porque lo de las sillas de automóvil tampoco les agrada mucho en un primer momento. Solo son las 09.30 de la mañana y me acuerdo de mi época de estudiante cuando a esas horas estaba absolutamente sopa sentada en clase….. ¡Cómo se puede tener tanta energía a esas horas, por Dios! De verdad, hay días que creo que voy a empezar a infartar.

La recogida de la guarde suele ser más complicada que cuando les dejo. Sentarse en el carro otra vez y en la silla del coche es algo así como una tortura china para ellos.

Al llegar a casa la cosa se calma un poco. Santi empieza a jugar, Lucía se entretiene en su alfombra… Pero por todos es sabido que los niños se cansan rápido de todo y reclaman tu atención. Santi para que juegues con él, y Lucía para que la cojas en brazos. Y además ahora que Santi llega a todos los pomos de las puertas, me pasó el día detrás de él para que no haya ningún accidente.

Llega la hora del baño. Si ha habido suerte y la niña se ha dormido, lo hago con más calma ya que no tengo banda sonora de fondo. Si no, os aseguro que creo que alguna vez me he notado alguna arritmia. Y digo más calmada, porque Santi se vuelve loco con el agua y aquello parece los fiordos del parque de atracciones.

Y cuando el príncipe ya está vestido toca bañar a Lucía, esta vez pendiente de que Santi no la lie en casa o no meta la mano en la bañera de su hermana hasta el codo, y entonces tenga que volver a vestirle.

Después de vestirles y de cenar (las cenas suelen ser fáciles) Santi se acuesta en su cuna y cae rendido con su conejito y el chupete.

A Lucía a veces le cuesta dormirse más, pero con la hamaca mágica o en los brazos de papá, cae en seguida.

Son las 22.20 h y parece que al fin puedo sentarme a…. Bueno, simplemente sentarme. Ya veré si es para descansar, cenar, leer, ver la tele….

24 horas maratonianas con 2 bebes desgastan hasta límites insospechados.
A estas horas de la noche, cuando entro en cualquier habitación es raro encontrar algo que esté en su lugar, o no pisar algún juguete que Santi haya decidido dejar ahí en medio.

Por la casa parece que ha pasado un tsunami y ha arrasado con todo aquello que ha podido. Mi marido suele decir que nuestro salón parece Vietnam.

Ahora es cuando puedo dedicar tiempo a recoger aquello que dije que recogería de la casa, poner un poco de orden en el salón, tender ropa, hacer comidas y cenas, repasar esas cosas pendientes del trabajo, continuar con el curso online que empecé, tocar un poco el blog, hablar con mi marido….

Ay, espera, parece que uno de los niños se está despertando…..

                                                                                                       ♥

Tener hijos es absolutamente agotador, es una entrega diaria 24/365. Dar la vida.

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