A medida que pasa el tiempo me voy dando cuenta de la insatisfacción innata con la que vive el hombre. Una vez oí decir a un buen amigo sacerdote, que así será hasta que lleguemos a la Vida Eterna. Nunca somos del todo felices con lo que tenemos. Siempre queremos más. Otra camisa, otro reloj, otro coche, otra casa… Y así, se entra en un bucle, sin más razón que el hecho de cambiar. Nunca estamos contentos del todo con lo que tenemos. Siempre hay un pero.

Creo que una de las claves de la felicidad está en aceptar y disfrutar de lo que uno tiene en cada instante. Ser feliz con ello.

El verano del 2015 fue una pasada. Primero disfrutamos de NY en plan novios, luego estuvimos en Medjugorje 15 días todos juntos, y para finalizar una semanita en Marriot-Málaga.

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Este verano por razones logísticas y económicas hemos estado a caballo entre Madrid y un pequeño pueblo de Ávila. Alquilamos una casa antigua arreglada en la que poder estar con los dos enanos sin pasar demasiado calor. Montamos nuestra piscinita con la que Santi ha disfrutado un montón, y además ha descubierto un montón de cosas nuevas: vacas, caballos, flores, tractores… El campo en definitiva, y ha sido muy bonito.

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Un día fue a dar de comer a unas vacas en el prado de su tío, otro recogió flores y moras para dárselas a mama (me lo como), también se subió a un remolque de un tractor (a Santi le flipa todo lo que tenga ruedas, así que, imaginaos).

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Estas han sido mis primeras vacaciones rurales y he de decir que contra todo pronóstico, lo echo de menos.

Reconozco que ha habido un par de ocasiones en las que he pensado que un plan alternativo hubiese sido mejor. Pero entonces me doy cuenta de que es una tentación, y no me dejo vencer por el síndrome del humano insatisfecho. Así que sonrío, cojo aire, respiro y disfruto del momento, aquí en los pies de Gredos. No podría haber un mejor ahora. El año que viene Dios dirá.

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